lunes, 5 de noviembre de 2012

Perú, un caballo con la pata rota

* Mauricio Gambetta
Viendo por televisión la barbarie desatada en esa especie de “mercado

– lupanar” conocido como La Parada, no siento ya sorpresa ni estupor
ni rabia, solo lástima.
Una lástima auténtica de peruano resignado. Siento lástima sobre todo
por los policías y sus familias, por los fallecidos, por los
comerciantes cuyos negocios fueron saqueados, por los periodistas
agredidos, por el caballo sacrificado, y hasta por esos delincuentes
que seguramente defendiendo su imperio de cupos y extorsiones,
demostraron que no hay límites para la bestialidad humana cuando se
desata por encima de toda norma.
Pero qué se puede exigir a esa horda de desalmados, de pobres diablos,
de delincuentillos de callejón, si no son más que los hijos mal
nacidos de un país donde se permiten las más atroces barbaridades
diariamente bajo el amparo de una democracia adocenada, pestilente,
manejada como una prostituta por una clase política, en su mayoría,
oportunista y mediocre, que tiene a la felonía como el común
denominador y a la palabra ética desterrada.
El caballo que apareció ayer en todos los medios con la pata rota es
la mejor metáfora para definir a este Perú en el que sobrevivimos. Un
Perú que quiere avanzar pero no puede. Un Perú con tradición y garbo,
con presencia, pero sangrante y mal herido, con el punto de apoyo
destrozado.
Un Perú que según las frías cifras económicas mantiene un crecimiento
admirado en todo el mundo pero donde diariamente muere gente por falta
de alimentación, de atención médica, de oportunidades. Donde miles son
los desamparados por un gobierno que solo tiene como agenda del día el
desayuno de una siempre sonriente primera dama con alguna ministra
zalamera, en su afán desmedido por ser la nueva Cristina Kirchner de
América, y olvida a los combatientes del VRAE, por ejemplo.
Un Perú en el que el ceviche, el tiradito y el tacu tacu son más
importantes que una necesaria política de Estado que permita
repotenciar nuestras fuerzas armadas ante cualquier eventualidad. Dios
no quiera que esto ocurra por supuesto, pero si ocurre, con qué nos
defenderemos. Vamos a tirar chicharrones en vez de balas, papas
rellenas en vez de bombas, juanes en vez de misiles.
Un Perú donde sobra la plata en algunas regiones sin saberse invertir
y encima se roba de lo poco que se invierte. Con gobiernos regionales
y municipales donde se llama “coimisión” al dinero mal habido, al cupo
cobrado. Amparados, claro está, por el antecedente de que no hay
castigo para los que tienen fortunas y menos con un Poder Judicial que
muchas veces rebalsa jueces y abogadillos sin moral.
Un Perú donde el “periodista” más influyente a nivel nacional,
antiguamente investigado por abuso de menores, emerge todos los
sábados desde sus plumas y lentejuelas para escarbar en la miseria
humana y mostrar las vísceras podridas de los personajillos de una
farándula prostituida, casi delincuencial, ante millones de embobados
espectadores. Y que luego, al llegar el lunes, vuelve a ser el paladín
incorruptible de la justicia ante el cual desfilan, casi subyugados,
los políticos de moda.
Un Perú donde uno no puede ver televisión nacional pues todo el día
está copada por personajes travestidos, saltimbanquis que no tienen
otro recurso que la mariconería fácil y los gritos de loca para
entretener, sin tomar en cuenta que son vistos por miles de niños y
adolescentes en formación.
Un Perú donde la cultura importa un bledo. Donde hay municipios y
gobiernos regionales que no aceptan proyectos culturales porque no
jalan votos ni puntos de aceptación. Y después nos sorprendemos que
los peruanos conozcan más a Melcochita que a Mario Vargas Llosa.
No pertenezco a esa privilegiada casta de “sabios”, eruditos en miles
de temas, que tienen todas las respuestas y que las dan en cada
entrevista o intervención radial o televisiva que dan, muchas veces
desde oscuras cuevas donde el periodismo no es más que una manera de
extorsionar y ganar dinero fácil.
No tengo opinión alguna sobre cómo se puede arreglar este país de
locos, pero tengo la impresión que estamos llegando a un punto sin
retorno. Ojalá me equivoque y no tengamos también que sacrificar
definitivamente a este caballo con la pata rota que es el Perú.


Mauricio Gambetta.

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